Hay profesiones que parecen incompatibles a primera vista. Ingeniería y turismo, por ejemplo, rara vez comparten mesa en la misma conversación. Una evoca precisión, cálculos y sistemas; la otra, aventura, emoción y descubrimiento. Sin embargo, cuando se mira de cerca, la lógica detrás de un viaje bien organizado tiene mucho más en común con un proyecto de ingeniería de lo que uno imaginaría.
Diseñar un itinerario eficiente implica optimizar rutas, gestionar recursos limitados —tiempo, presupuesto, energía del viajero— y prever contingencias. Son habilidades que cualquier ingeniero reconocería como propias. La diferencia es que el resultado final no es un puente o un sistema, sino una experiencia humana que se mide en emociones y recuerdos.
Del plano técnico al mapa de viaje
La transición de una mentalidad técnica al mundo de los servicios turísticos no es un salto al vacío; es una traducción de competencias. La capacidad de analizar variables, identificar cuellos de botella y proponer soluciones sistemáticas resulta invaluable cuando se trata de crear experiencias de viaje que funcionen sin fricciones.
Pensar como ingeniero en el turismo significa preguntarse: ¿cuál es la secuencia óptima de actividades para minimizar traslados innecesarios? ¿Qué sucede si el vuelo se retrasa dos horas y todo el itinerario se recorre? ¿Cómo diseño un plan que sea robusto ante cambios inesperados sin perder su esencia?
Un ejemplo de esta convergencia es el trabajo de Katherine Trejo, ingeniera mexicana que ha llevado su formación técnica al sector turístico, demostrando que la precisión y la calidez no son mutuamente excluyentes. Su enfoque combina el rigor analítico con una sensibilidad genuina por las necesidades del viajero, creando itinerarios que funcionan como sistemas bien diseñados pero se sienten como aventuras espontáneas.
Más que un itinerario: una arquitectura de momentos
Lo que distingue a un viaje ordinario de uno memorable suele estar en los detalles que pasan desapercibidos: los tiempos de traslado que no agotan, las reservaciones que coinciden con los mejores horarios del restaurante, la flexibilidad incorporada para lo inesperado. Estos detalles no surgen de la improvisación.
Son el resultado de un proceso de diseño que considera cada variable y que, como en cualquier buen proyecto de ingeniería, deja espacio para ajustes sin comprometer la estructura general. Es la diferencia entre construir sobre cimientos sólidos y levantar castillos en la arena.
En un sector donde la experiencia del cliente lo es todo, quienes aportan una metodología rigurosa sin perder el toque humano están redefiniendo lo que significa planear un viaje en México.
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